
Cuco Fonty se destaca por su particular estilo y su inconfundible risa, que suena como una mezcla de carraspeo de gato y trompeta desafinada. A pesar de no tener el mejor comienzo de carrera, Cuco encontró su lugar en el Molinillo como el chico de los recados de Ramón Cazanuecos. Desde el principio Ramón, experto en protocolo y ceremonial, le tomó cariño por su forma peculiar de dirigirse a él, siempre con un respetuoso “Señor Ramón” y un “usted” que llamaba la atención entre los demás. Su habilidad para manejar las situaciones, sin embargo, era tan caótica como su estilo de conducción: un espectáculo que, en el mejor de los casos, se podría describir como una danza improvisada entre el volante y el caos.
La vida de Cuco tuvo un giro inesperado cuando se fue a un retiro espiritual para encontrar el equilibrio. Durante su viaje tomó peyote y, sorprendentemente, regresó con una habilidad mejorada para conducir. Sin embargo, eso no detuvo su actitud relajada hacia las reglas. Aunque ya maneja de manera más eficiente, Cuco sigue siendo el chico de los recados y gusta de no impedir a Rodolfo Mascarpone hacer casi lo que quiera con manga ancha, demostrando que sus prioridades siguen firmemente alineadas con la diversión y el desorden.
Cuco también es conocido por su capacidad para cometer delitos menores mientras aseguraba que en realidad estaban haciendo cualquier otra cosa. Un ejemplo es su talento para reclutar gente a sus “fiestas de disfraces”, que en realidad no eran otra cosa que perpetrar atracos disfrazados y con máscaras. A pesar de los entornos ilegales en los que se mueve, su risa característica y su habilidad para transformar cualquier situación en una travesura inofensiva le convierten en una figura queridísima, a pesar de sus problemas pasados con las drogas y su incapacidad para manejar un coche sin causar estragos del todo.